Dicen que las historias siempre vuelven cuando oyes el primer canto que te entonó tu madre, la que te tuvo en su vientre.
Una loba aullaba al atardecer sobre un cielo ojo y una luna roja color sangre, un ritual protector para bendecir a la manada y a las pequeñas y pequeños. Una loba madre que siempre acompaña a su estirpe bendita pasando mensajes por el viento y por silbidos y trinos de las pequeñas aves y por las nubes al cerrarse.

En las áridas montañas y cañones del suroeste, donde el sol besa la tierra con fuego eterno, habitaban los Apache, un pueblo indomable de guerreros y guardianes del desierto. Llamados por sus ancestros como Ndee, “el Pueblo”, eran una legión de almas fieras, unos 10.000 espíritus libres que cabalgaban con el viento, protegiendo sus clanes con la astucia del coyote y la fuerza del águila.
Despreciaban a los invasores que profanaban la Madre Tierra, y basaban su vida en la armonía nómada, cazando el venado y el bisonte con arcos tallados por manos sabias, disfrazándose de sombras para acechar a su presa, confundiendo al enemigo con tácticas que el desierto les susurraba.
Ellos amaban los vastos horizontes de Arizona y Nuevo México, donde su civilización floreció en las rocas sagradas de los cañones, guiados por el Gran Espíritu, Usen, que les hablaba en los ecos de las montañas. No por ser nómadas carecían de leyes; eran rígidos en su honor y flexibles en su conexión con la Naturaleza, danzando al ritmo de los ciclos lunares.
Si un anciano se volvía carga para la tribu, lo honraban con visiones y lo dejaban en paz con la tierra, pues la muerte era un regreso romántico al polvo que nutre la vida. Protegían al ciego, al herido, al visionario, porque la Madre Naturaleza siempre equilibra, otorgando dones invisibles como el oído agudo que capta el aullido lejano.
Eran profundamente espirituales, y en las noches de luna llena, el aullido de la loba —Ba’cho, la guardiana— se elevaba como un canto de protección. Cuenta la leyenda apache que, en tiempos antiguos, una loba sagrada descendió de las estrellas para velar por una aldea amenazada por espíritus malignos. Su aullido no era mero sonido, sino un himno que unía a la manada, invocando la lealtad y la fuerza y la libertad en comunidad que se sostiene a sí misma.
Las guerreras y guerreros, al oírlo, se transformaban en protectores invencibles, guiados por su coraje para defender a las mujeres, niños y sin descuidar a los ancianos, a los jóvenes que heredarán la tierra, y también a los varones de las sombras del mal, de las entidades y deidades oscuras que buscan derrumbar los sueños. El aullido de la loba era un escudo invisible y lleno de fuego que arde, un llamado romántico a la unidad, recordando que la verdadera libertad nace de la devoción familiar y la sabiduría ancestral.
En el invierno, cuando el frío mordía como dientes de lobo, los Apache dejaban ofrendas en sus wickiups: carne de los venados que se habían entregado, frutos de la tierra que se habían ofrecido y oraciones por los caídos que preservaban el equilibrio. El aullido resonaba entonces como una promesa eterna: protección para el pueblo, eco de un amor épico por la Naturaleza que jamás se rinde.
Estas visiones perseguían a la persona que escribe y las transforma en palabras, se diluyen en símbolo, como una loba apache montando su caballo bajo la luna, se dirige guiada por su astro.

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